Cuándo miramos un cuadro, ¿qué nos llega de la intención del autor? Cuando leemos un libro, ¿cómo podemos saber si estamos realmente comprendiendo el texto o sólo una parte de él? Cuando hablamos con nuestros amigos, ¿de verdad entendemos lo que nos dicen? Tal vez sólo llegamos a captar una parte del mensaje emitido y, sin embargo, con eso nos basta para seguir alimentando la ilusión de entendernos.
Emborronamos palabras sobre un cartón, sobre la tela y sobre el viento porque nos gusta oírnos, pero nos gusta más que nos oigan. Tiene que haber alguien al otro lado de la línea para recibir nuestros pensamientos. De otro modo, el placer de expresarnos se trunca y se dispersa.
Puede que nuestra expresión cuente con mil errores, que no oigamos lo que nos dicen y que no veamos más que lo que queremos ver. Miramos al otro, buscando huellas de nosotros mismos. Y, sin embargo, algunas palabras encajan como piezas en un puzzle. Ese es el juego que hace arder el mundo. No importan las cartas cortadas, las piezas de ajedrez perdidas, porque el azar existe y proporciona el tablero del instante donde el milagro del encuentro se produce.
Las palabras de Pessoa, de Cortazar y de tantos otros siguen vivas, no porque existen los libros sino porque existe un lector que las busca y las escucha.
En medio de la niebla, del transcurrir del tiempo, de los recuerdos perdidos se abren paso entre las librerías y llegan a ti parciales, sesgadas, fragmentos de ayer que invaden el presente con mensajes embotellados y a la deriva.
¿No es un milagro que podamos reencontrarnos con otros en un presente perpetuo?
El trabajo plástico de Agustín Calvo traspasa los límites de la poesía visual a través de un lenguaje informalista y matérico que busca, lo mismo que su trabajo literario - aquello que, por otro lado, buscamos todos- ser escuchado.
Su iconografía son letras que se agrandan para superponerse a la realidad de los objetos cotidianos, mapas que marcan el camino, frases que se despliegan y desbordan, miradas que se multiplican como el eco, textos náufragos que flotan a la búsqueda de la salvación y del encuentro.
El gesto que arrastra la materia, el papel que se comba, el óxido y la herrumbre forman parte de este lenguaje pictórico que se alimenta tanto de lo escrito como de lo oculto.
Su obra, igual que las palabras, se construyen con barro, con hilos de sueño, con papeles de periódico viejo, con lo cotidiano, con el azar y con la intención de traspasar los límites. No existen las formas geométricas, ni cerradas. Por el contrario, todo es orgánico, todo se mueve, todo está en perpetuo movimiento. Hoy está, mañana no existe.
Helena Cuesta
Diciembre 2005
http://escuchandoconlosojos.blogspot.com/
visualpoetry
Gracias Helena